Mon chien stupide

El pasado viernes fui al cine ver una película francesa de cuyo título lo pongo como título de este post. Sé que llevamos ya dos semanas abordando el tema de cine y vino, pero no puedo dejar de hacer referencia a esta peli, porque de cierta forma me llegó la luz. No la luz del cine, en el oscuro de la sala, sino la luz de cómo el vino dialoga como un personaje más en las películas francesas. Mon chien stupide es una película divertida, ingeniosa, histérica e inteligente que lleva el espectador a ver más allá que un simple argumento.

Mon chien stupide

Mon chien estupide cuenta la historia de Henry, interpretado por Yvan Attal, un escritor de mediana edad que escribió un best seller hace 25 años, pero desde entonces no ha vuelto a encontrar la inspiración.

En los últimos 25 años ha estado dedicado a su familia, es decir, su mujer Charlotte y a sus cuatro hijos. A todos ellos les hace responsables de su fracaso, recordando casi como un disco rayado todas las mujeres que no volverá a tener, de todos los coches que no conducirá y de no vivir en Roma, y disfrutar de un café en la Piazza Navona como sueña a diario.

Lo extraordinario del ordinario

Como todas historias de simple mortales, su vida da un vuelco de la noche a la mañana. Me dirá el lector que no es así, pero muchas veces somos nosotros mismos los ciegos y escépticos acerca de nuestra propia historia. No precisamos ganar en la lotería para decir que nuestra vida cambia… basta con que uno de los elementos que siempre estuvieron allí, embelleciendo nuestro cotidiano, cambie, para que empecemos a notar cómo era nuestra vida y en lo que se transforma. En caso de Henry, todo empieza a cambiar cuando sus hijos deciden independizarse, el amor incondicional de Charlotte, sostenido a base de ansiolíticos y vino, empieza a flaquear, y de la nada aparece un perro que él mismo bautiza “Stupide” (en francés, estúpido) que le ayuda a entender e interpretar su vida.

Vino en la película

Dado este argumento tan apasionante sobre la miseria humana, no pude dejar de observar todo el rato como el vino así como el perro son dos personajes importantes en toda la trama. Quizás sea uno de los elementos que me encantan en el cine francés; el vino. Que, para bien o para mal, está presente en el seno de todas las historias, de todas las familias, de todas las celebraciones… y de todas las peleas.

En el caso de Mon chien stupide, el vino es la medicina de Charlotte, aquello que alivia sus dolores y le hace el día más llevadero. No estoy aquí haciendo apología del alcohol y mucho menos del vino como remedio a la depresión. Pero ipsu facto esto ocurre muchas veces, y aquí, en este caso, el cine nada más es que la relectura de la realidad.

Una de mis escenas preferidas es cuando Charlotte, aparte de ración de perro, le pone al perro una buena dosis de vino y le dice: “Así se te será más fácil llevar la vida en esta familia”.

¿Quién es Charlotte?

Charlotte es el personaje de la mujer sumisa, pero no aquella del romanticismo, sino la verdadera. Aquella que renuncia todos sus placeres por su marido y le cede todas sus voluntades sin apenas cuestionarse que es lo que quería, que es lo que le gusta. Charlotte pasa la vida a la espera de un cambio que no vendrá, pero sin decir nada, y buscando alegría en la sonrisa y en la educación de sus hijos – que por cierto, son un desastre -. ¡¿Qué queda a este pobre personaje que ya no puede sonreír?! Pasar los días a base de calmantes y vino, tratando de dar sentido a su vida, haciendo trabajos escolares para su hijo y buscando los pequeños minutos de felicidad que la vida proporciona.

El desarrollar de la peli se ve como las cosas pueden cambiar, pero claro… se da cuenta tarde de que este cambio está en sus manos. ¿Querrá cambiar ella? ¡Basta ya! No os hago más spoilers.

Cine y vino

Claro que me gustaría ver el vino como actor-mudo en escenarios más felices. Pero ni siempre las artes, y casi si me apura, la mayoría de las veces el arte, como retrato de la realidad es bonita, estética, simétrica y feliz. Los grandes clásicos del mundo, sea en la literatura, en la pintura o mismo en el cine son obras que precisamente no hablan de felicidad ni emanan finales felices. Aceptemos el vino como parte de ello. Siempre sabiendo que también estarán ahí para los momentos felices, para las celebraciones.

Mismo que la peli no sea un mar de alegría, la importancia de ella reside en que a través del arte pasemos a admirar y valorar la vida tal como es. Así que descorchemos una botella y brindemos por la vida y sus pequeños momentos de felicidad que nos otorgan.

¡Chinchín!

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