El valor del vino

¿Qué valor le asignamos al vino en nuestras vidas? Uno inherente a quienes somos, un valor que muta y trasciende nuestras vivencias.

A esta bebida social, fruto de la fermentación de la uvas (especie vitis vinifera), solemos asignarle un valor, que puede ser emocional, cultural, social, histórico, artístico o funcional. Pero, ¿en base a qué asignamos ese valor?

Pues, ese baremo, varía en un universo que va desde la diferencias culturales y religiosas, en tanto, que a veces excluyen el vino del entorno social e incluso gastronómico; la idiosincracia del país donde nacimos y vivimos; las tendencias de consumo e incluso la posibilidades que ofrece el comercio internacional y la globalización. 

“Yo soy yo y mis circunstancias”.

José Ortega y Gasset.

Breve reflexión

Mucho se ha hablado sobre el valor que asignamos a las cosas desde diferentes perspectivas, ya sean la filosófica, la económica, la humanista, intentando entender y explicar nuestra  evolución como sociedad.

El vino, como parte de nuestras vidas, es entonces una cosa más a la que asignamos o quitamos valor.

La teoría del valor se viene desarrollando desde la antigüedad, sobre todo bajo el concepto dual de la acción combinada de dos principios antagónicos, como lo correcto e incorrecto, la belleza y la fealdad.

Y en esta dualidad le otorgamos, a esta bebida de los dioses, un valor. Este es, el que cada quien quiera darle, lo que representa el vino para cada uno.

Mi intención es hacer una reflexión sobre el valor que le damos a las cosas según nuestra historia, nuestra filosofía de vida, nuestro andar. 

“Todo necio confunde valor y precio.”

Antonio Machado.

No es solo el precio que estamos dispuestos a pagar por una botella, que a la hora de decidir puede ser un factor importante o no. En este caso, es mucho más que eso, es el valor asociado a nuestras expectativas sociales, a los estándares de calidad, a nuestros hábitos experienciales, a la necesidad de pertenencia, entre infinitas variables.

Es importante entender la diferencia y a partir de aquí trazar las ideas.

Como expresó Machado en unos de sus versos, “todo necio confunde valor y precio”, y para este sutil elixir, aplica la misma norma en cualquiera de sus contextos. 

Porque aunque tiene una parte puramente funcional como bebida, es mucho más. Y es aquí donde marcan la diferencia las distinciones de valor que asignamos según nuestras tradiciones y cultura.

El mercado asiático y el valor del vino

Si analizamos el consumo y las tendencias del mercado como chino, por ejemplo, entonces encontraremos, además de oportunidades de crecimiento para el vino español, diferencias en cuanto al valor de mercado según las raíces de la sociedad.

Un país con un mercado de consumo de vinos incipiente con un alto potencial de crecimiento, con una media per cápita de 1,2 litros, frente a una media mundial de siete litros, según datos de la OeMV.

En términos relativos, vemos como durante las últimas décadas el consumo de vino ha ido adquiriendo una importancia mayor, en el que priman la calidad, el precio y el status que aporta el vino como factores más valorados, por encima de otros, como las variedades, el origen, los estilos, etc.

Un segmento representativo del mercado asiático, concibe el vino como una bebida de moda, cuyo consumo crece exponencialmente entre la clase media-alta y la gente joven. 

La concepción y el valor subjetivo del vino, expresado en términos generales, entre los mercados europeo, asiático o latinoamericano, varía ostensiblemente. 

El vino y su medida de valor en sociedad

La cultura, el poder adquisitivo, las tendencias de consumo, las ideologías, los valores terapéuticos, históricos, estéticos, éticos, morales, son todos medidas de valor para entender el vino.

Al margen de estas diferencias categóricas, sea el valor que le damos, el de una bebida funcional o estética, en la dadivosidad irrefrenable del vino hay arte. 

Como apuntó Aristóteles, para que el arte se haga posible son necesarias las capacidades innatas, la eficiencia y el conocimiento. 

Detrás de una región vinícola, hay arte, hay un savoir-faire que trasciende generaciones, hay un sistema de habilidades y adaptaciones al terroir, a la viña en sí, a la tierra. 

El valor del vino, lleva asociado el arte, que busca en su composición: armonía. La armonía de sabores, de texturas, del color, de las formas, de los procesos, del conjunto. 

Arte en la botella

Así como el arte se expresa, en galerías, en ferias, en edificaciones, a través de la música, de la danza, de la poesía y la literatura, de la escultura, de la arquitectura y del cine, también, se expresa en la botella. 

Visitar los grandes templos de la viticultura mundial, colosales creaciones de la naturaleza y adaptaciones humanas a terrenos abruptos, vertiginosos, asombrosos, capaces de robarnos el aliento, sin siquiera haber probado el fruto de sus viñas; es la analogía de la relación viña/vino y galería/arte. 

El valor del vino, es el valor de conjunto, el valor que le damos al fruto de la sinergia perfecta entre el hombre y la naturaleza, es el valor que le damos, a esta nunca mejor dicho, embriagadora bebida.

¡Salud!

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