Improvisado pero perfecto

Hace un día precioso, todo en su justa medida: el sol brillante y la brisa fresca, mientras la tarde asoma como ejercicio deleitoso para la vista y… ¿yo? Voy de camino a vivir un fin de semana improvisado pero perfecto.

La semana pasada os convidé a quedaros en España, a vivir la vendimia en primera persona desde cualquiera de los puntos del mapa vinícola español donde ya se ha empezado a vendimiar.

Yo precisamente no voy de camino a la vendimia pero si a pasar un fin de semana entre viñas, en la casita del campo, con mi familia, con la ilusión de una niña pequeña por desconectar de los aromas citadinos para imbuir la tranquila felicidad del campo. 

Hoy os llevo a través de estás líneas, escritas a golpe de teclado, a la Ribera del Duero. 

Improvisado

Última hora del día; me gana el deseo de salir de Madrid así que hacemos un plan bastante improvisado para viajar a Fuentelisendo, municipio burgalés, situado en la inmediación del páramo de Corcos.

Este páramo es más que una planicie de diez mil hectáreas de la Ribera del Duero, conocida por sus duras y extremas condiciones climatológicas, es una zona ideal para sosegar la mente y avivar los sentidos.

No obstante, muy cerca de allí, en la provincia vallisoletana, nos aguarda el Hotel & Spa Arzuaga.

Con un delicioso silencio tranquilo y en medio de un atardecer melódico, medidas anticovid-19 de por medio, adentro mis átomos y moléculas entre duchas escocesas, aromas de eucalipto y rituales de culto a Epicuro.

Pero perfecto

Cae finalmente la noche y da comienzo el festival del placer gastronómico con un pincho de lechazo acompañado de ensalada de la huerta. ¿Compañía? Tinto Arzuaga Crianza, buque insignia de la bodega. 

El cuerpo está gusto, la mente está tranquila y tengo la mejor compañía posible. Esa que alimenta el espíritu e hincha el corazón. 

“Que rico conversar, reír, beber, disfrutar la vida con pequeños grandes placeres”.

Lo más maravilloso es que este improvisado ejercicio deleitoso de vivir se prolonga cada instante y a las 9:00 am del sábado ya estoy ataviada para pasear entre viñas y recorrer la región en plena fertilidad y madurez, al ritmo de mis pedales.

Pasear en bicicleta entre bodegas de vino y sus viñas engalanadas de racimos, parar a contemplar la corriente vibrante del río Duero con un gran grupo de patos en el agua que emulan escenas de mi noche anterior con los jets del jacuzzi y los chorros de agua fresca es más que hilarante. 

Una experiencia memorable

Sigo este ritual de tomar la vida a grandes bocanadas de alegría y deleite, con instantes improvisados para leer vinos y vivir experiencias.

Volvemos a Fuentelisendo, a la casa del pueblo y pasamos un par de horas entre el olor de la prosa de un cuento de Borges, el vino que reposa tranquilo en la bodega, las arañitas siempre fieles compañeras de esta casa (¡ufff!) y la brisa fresca que acompaña al medio día. 

Pero antes, de camino a casa, pasamos por la autovía N-122 que recorre el tramo a través del Valle del Duero y contemplamos el popurrí ecléctico de esta región.

Vanguardia, tradición, historia, silencio. A lo largo de la autovía diviso viñas de Vega Sicilia, Finca Villacreces, Cepa 21, Pago de Carraovejas, … 

Y ¡tachán! Ahí está la oportunidad: cenar por la noche en el restaurante Ambivium de la bodega Pago de Carraovejas, proyecto de Alma de Carraovejas. 

En palabras de la propia bodega: un amplio y polivalente espacio dedicado a la restauración y los eventos que apuesta por la unión de innovación y tradición en su cocina. 

Broche de oro

Partimos a media tarde a hacer kayac, sobre el Río Duratón,  nuevamente en otra provincia española. Esta vez desde Segovia, a 20 minutos en coche desde Fuentelisendo, hemos llegado al Embalse de las Vencías. ¡Otro plan improvisado!

Un par de horas de risas y de viento de frente (¡vaya faena con las hojas que sobresalen en los bordes del río y acariamos, no deliberadamente, cuando el viento aprieta y perdemos el control). 

Acabamos el ejercicio por el día y partimos de vuelta para llegar a Ambivium a las 21:30 horas. Al llegar, una experiencia desde que entramos por la puerta hasta subirnos al coche.

Recibimiento cálido para explicar las medidas de seguridad y protocolo anticovid y empiezan los fuegos artificiales.

Será complicado expresar la noche porque ha sido un compendio de música calórica que emociona y atrapa, llegó el momento de entrega al hedonismo. Ejercicio improvisado, oda a la aventura de vivir. 

Ambivium

Una experiencia que os invito a vivir al menos una vez en la vida. Comida exquisita, deconstrucción de conceptos, de platos, de paradigmas.

Tomamos una experiencia de treinta bocados, acompañado de vinos y licores, todos variados, perfectamente pensados y acompasados con los sabores, las texturas y emociones que despierta cada uno. 

Para cada plato un vino, para cada vino una copa de cristal, para cada copa una emoción, para cada emoción un recuerdo memorable. 

Aquí hemos comido y bebido acompañados de profesionales, de gente formada con una clara orientación de servicio al cliente y con un concepto contundentemente hedonista y pletórico de sabor. 

¿Vinalogamos?

Este fin de semana ha sido conmovedor y muy especial para mi, por eso he querido compartirlo de una manera tan personal y cercana. 

No hay un día parecido a otro, ni una vida repetida, cada quien vive su historia personal con sus propios filtros pero os prometo que vivir un fin de semana de deporte, descanso, lectura y vino, en el entorno de la Ribera del Duero, no tiene pérdida. 

¡Salud!

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